viernes, 10 de junio de 2011

La Esfinge Colibrí

Atraído por este magnífico campo de cardos, me acerqué para tomarles algunas fotografías. Nada más llegar observé que, tan coloridos y atrayentes manjares, tenían huéspedes revoloteando y posándose sobre ellos para alimentarse.
    
A las primeras de cambio, acerté a fotografiar a este bichito de la foto que no tenía ni la más remota idea de qué clase de bicho era. Pensé que sería una especie de abejorro o similar y no le di mucha más importancia, y después de tirarle 3 fotos me centré en fotografiar a las atractivas mariposas que iban de cardo en cardo libando con su larga trompa chupadora para extraer el néctar de estas flores tan sonrosadas.
"Esfinge Colibrí"
Sólo le dediqué 3 fotos frente a las 32 que lancé a las mariposas, que sí se posaban sobre los cardos para libar, mientras este raro bichito no paraba quieto con su rápido aleteo y no se posaba para alimentarse.

Esta clase de elegantes mariposas recibe el nombre de Argynnis pandora, conocida en España vulgarmente como Pandora, y tiene una envergadura de 5,5 a 7 cm. El anverso o cara superior de las alas tienen un tono verde oliva con numerosos trazos y puntos negros. El reverso es de color verde oro y rojo de cadmio con puntos negros. ¡Toda una belleza sostenida en la flor del cardo!.
    
mariposa "Pandora"
Pues bien, este bichito con apariencia de colibrí es un insecto, o mejor dicho una mariposa de las denominadas esfinges, y de ahí su nombre “esfinge colibrí” (macroglossum stellatarum). Desarrolla hábitos diurnos distinguiéndose del resto de las sphingidae que, por lo general, son mariposas nocturnas.
Su movimiento de alas es constante y rápido, alcanzando una velocidad de vuelo increíble y consiguiendo mantenerse suspendida en el aire libando el néctar de las flores sin posarse en ellas. Como veis su fisonomía no es nada habitual, destacan sus dos grandes antenas y su larga trompa con la que absorbe el néctar de las flores, la cual recoge enrollándola en espiral. Tiene dos pares de alas, unas grandes grisáceas y otras más pequeñas anaranjadas. El pelaje de debajo de la cabeza, en el tórax, unido a las escamas del final de la cola, hace que este insecto sea muy parecido a un diminuto colibrí y que lleve a equívocos a multitud de personas que lo observan por primera vez.
¡Realmente sorprendente y hermoso!.                                  


"Esfinge Colibrí"

miércoles, 25 de mayo de 2011

Sinfonía en la naturaleza

Se trata de la primera jornada que empuño la azada en la nueva temporada hortícola trabajando en el huerto familiar, en una mañana primaveral y soleada de mediados de mayo. Acompaño a mi padre quien, rondando los 82 veranos, dirige las labores del huerto a las que dedica toda su atención, mientras yo suelo dejar alguno de mis sentidos alerta para poder captar cualquier escena de la vida natural que bulle alrededor.

            El huerto se encuentra en campo abierto, a poco más de 50 metros de la estrecha carretera que comunica la pequeña población de Navatrasierra, único núcleo urbano perdido entre estas sierras cacereñas, y Guadalupe. Muy de tarde en tarde pasa algún vehículo y, amigablemente, nos saludan, te incorporas un poquito y devuelves el saludo volviendo de inmediato a la faena. La tranquilidad es casi absoluta, estamos en plena Naturaleza y es posible percibir todo lo que te rodea porque, azada en mano y, a pesar de lo fatigoso de la tarea, te sientes inmerso en Ella.

Que gozamos de una primavera fabulosa salta a la vista. Las cuantiosas lluvias del presente año han encharcado los campos, y la vegetación se renueva y florece con vitalidad, tapizando con renovados tonos verdosos matorrales, arbustos y arboledas. Por su parte, los jarales se encuentran en pleno apogeo, desplegando miles y miles de flores blancas que llenan de puntitos blanquecinos todo el monte reluciendo bajo el sol. Es todo un espectáculo de color que nos permite deleitar la vista, al desplazar la mirada en derredor a la vez que nos incorporamos o hacemos un pequeño alto para tomar aliento.

Mientras nos afanamos regando y cavando, es posible percibir multitud de sonidos emitidos por pájaros, insectos, anfibios o mamíferos que pueblan y llenan de vida la espesura de la vegetación. En especial de las aves que ya andan nidificando o criando, y no paran quietas ni calladas, buscando comida o emitiendo sus particulares cantos territoriales o de reclamo, alegrando y poniendo música a la Naturaleza. 

Con el esfuerzo de abrir varios surcos con la azada comienza a brotar el sudor que gotea por la frente y la espalda, a pesar de que la tierra se trabaja bien. La azada se hunde con facilidad rompiendo la capa superficial apelmazada por las últimas lluvias y el sol, dejando al descubierto la tierra oscurecida por la humedad que conserva el terreno, mostrando que tiene “buena labor” para trabajarla y plantar los tiernos plantones de tomateras. A escasos metros, del riachuelo que bordea la pequeña vega, surge el croar incesante de una rana, que imagino con la cabeza asomando a la superficie del agua. Más distante se oye el arrullo monótono y continuo de una tórtola, que ubico en su destartalado nido de pequeños palitroques trabados entre sí, y tan poco consistente que casi permite distinguir su contenido desde el suelo. Ambos están emitiendo al unísono sus particulares cánticos, y al oírlos remite un poco la fatiga y se reduce el peso de la azada en el brazo, ya cansado. Pero lo mejor está por venir, cuando repentinamente comienza a oírse otro sonido natural proveniente de una pequeña chopera situada a unos cien metros. Un pájaro carpintero comienza a golpear, con su puntiagudo y fuerte pico, el tronco reseco de uno de los chopos, poniendo el contrapunto de la improvisada orquesta con su característico y claro tamborileo que se transmite a gran distancia. De este modo, rana, tórtola y pájaro carpintero (denominado “picarazán” en el lugar) interpretan una hermosa sinfonía de forma totalmente espontánea y natural, sin necesidad de director de orquesta, en la que cada cual domina a la perfección sus acordes. Escuchar esta melodía es todo un placer y un auténtico privilegio, y escuchándola se desvanece el cansancio del trabajo.

Igual que empezó se van apagando los golpeteos del “picarazán”, mientras persiste el arrullo de la tórtola y el croar de la rana se va espaciando. Ha sido un concierto breve, pero intenso y muy armonioso, y uno se siente privilegiado de haberlo escuchado, vivido y sentido, y sin necesidad de reservar entrada ni pagar un precio desorbitado. Solamente es necesario zambullirse en plena Naturaleza, observar y disfrutar de los episodios y escenas naturales que nos ofrece, y, si está en nuestra mano, divulgarlo y compartirlo.





 






jueves, 19 de mayo de 2011

Aferrado a sus raíces y arraigado a su tierra

Cuando las lluvias son abundantes, los ríos crecen y se embravecen. Su caudal aumenta y se desboca, desplazando muchos metros cúbicos de agua por segundo capaces de arrastrar grandes piedras, ramas y troncos de árboles desgajados y arrancados de sus orillas.
Esto sucede varias veces al año en el curso del río Guadarranque, que nace en la Sierra del Hospital como arroyo de montaña, y va creciendo con las aguas aportadas por numerosos arroyos convirtiendole en río en su recorrido hacía el río Guadiana.
En su curso alto y medio sus orillas aparecen flanqueadas por árboles de rivera como alisos y fresnos, mezclados en determinadas zonas con robles que enraizan en sus orillas. Precisamente un roble anclado a su  orilla es el protagonista de las imágenes que se muestran.
Nos vamos en detener en un recodo del río ocupado por un roble que lleva toda su vida luchando contra las embestidas de la corriente, ya que las crecidas del río le ha ido arrebatando la tierra donde tenía que fijar sus raices. En las imágenes se observa como ha tenido que hacer hueco para el paso del agua en el espacio de terreno donde debía tener hundidas sus raíces primarias, y se ha visto forzado a desarrollar sobremanera sus raíces lateralmente. Raices secundarias que asemejan verdaderos troncos, a una altura del tronco que no es la habitual para un árbol. Otra curiosidad ofrecida por este portento de la naturaleza está en que la rama orientada hacía el centro del río, en busca de la luz solar, ha crecido del tronco por debajo de las raices laterales con las que se agarra a la tierra.
A pesar de todo, se le ve con fuerzas y raíces suficientes para seguir aferrado a la tierra y a la vida resistiendo los embites de las aguas crecidas.







sábado, 14 de mayo de 2011

Los "aclaradores" son zapateros acuáticos

Corriendo por la superficie de las aguas claras  de los arroyos, charcos y aguas estancadas podemos observar unos pequeños bichitos llamados vulgarmente “aclaradores” o más vulgarmente “aclaraores”.  Estos insectos se sostienen en la superficie del agua apoyados en sus patas, no se sumergen, y son capaces de caminar y desplazarse rápidamente por la superficie, corriendo a toda velocidad para capturar otros pequeños insectos o huir en caso de peligro.
Se desliza sobre el agua apoyándose en su larguísimo segundo par de patas, mientras que el par posterior lo utiliza a modo de timón para ir en cualquier dirección; ambos pares poseen una almohadilla formada por pelos hidrofóbos, que consiguen formar una minúscula bolsa de aire sobre la superficie, lo que la mantiene en flotación constante. Además, no se apoyan en la punta de sus patitas, sino en el tramo final de sus patas poniéndolas planas sobre el agua, consiguiendo, de esta forma, una línea de flotación más amplía.
Las patas delanteras quedan libres y están atentas para la captura de otros pequeños insectos, de los que se alimenta con voracidad. De ahí deriva su nombre, por su misión de limpiar de pequeños insectos las aguas que habita.  Pasan el invierno bajo la vegetación próxima al agua, y al principio de la primavera, la hembra deposita los huevos sobre las plantas acuáticas. Es posible verle sobre la superficie de las aguas dulces entre abril y noviembre, y aunque prefiere las aguas quietas, es capaz de nadar con firmeza en corrientes poco importantes.
Su verdadero nombre es zapatero común o zapatero acuático (guerris lacustris), habita en las aguas dulces de la península ibérica, mide entre dos y tres centímetros de longitud y tiene grandes antenas y grandes ojos.





sábado, 30 de abril de 2011

El Cancho de El Ataque

El Cancho del Ataque recibe este nombre de la batalla librada por los españoles contra los franceses en febrero de 1811. Cuando el ejercito francés avanzaba hacía Guadalupe para apoderarse del Monasterio,  las tropas españolas defendieron el camino a Guadalupe protegidos por los canchos y pedreras de la entrada al valle del Hospital consiguiendo frenarles en su avance. 

Aclarado el nombre de este lugar, ...¡que las imágenes lo describan por sí solas!.




 


 



 


 


miércoles, 13 de abril de 2011

Enjambres, viros y témpanos

La pasada semana, el viejo colmenero consiguió capturar un enjambre que volaba por encima de las calles del pueblo de Navatrasierra buscando un cobijo donde establecer una nueva colmena. Quizá fuera cuestión de suerte que la nube de abejas se sintiera atraída por una caja de colmenas con la tapa abierta por el colmenero para introducirse en ella, lo cierto es que el enjambre fue recogido por el colmenero e incorporada a su colmenar. Los enjambres vuelan o escapan de las colmenas cuando se encuentran superpobladas, situación aprovechada por la abeja reina para salir de la colmena acompañada de un nutrido grupo de sus obreras volando en busca de un escondrijo donde fundar una nueva colmena. De esta forma, guiadas por su instinto natural consiguen expandirse por la naturaleza y han conseguido perpetuar la especie a lo largo de muchos milenios.
Antiguamente eran bastante habituales los vuelos de enjambres escapadas de las colmenas alojadas en los corchos, al quedarse pequeños cuando la colmena crecía. Comentando con mi hermano, hemos recordado alguna de las técnicas que presenciamos, de pequeños,  utilizadas en la captura de enjambres que volaban en forma de nube por los alrededores del pueblo. Una de ellas consistía en lanzar una soga al aire sobre la nube de abejas para que se quedaran prendidas en la soga y así poder recogerlas en un corcho o en un saco.  En otra ocasión, yendo en el tractor con mi tío y mi primo, divisamos un enjambre en una rama de una encina junto a la carretera. Mi tío, viejo colmenero, animó a mi primo a subir a la encina para tratar de hacer caer a las abejas al interior de un saco, y, éste, con mucho cuidado intentó descolgarlas golpeando en la rama y empujándolas con un manojo de hojas de la encina e incluso con la mano. Algunas iban cayendo dentro del saco, mientras otras caían en pequeños pelotones al suelo, hasta que finalmente consiguió romper parte de la rama para introducirla dentro del saco con el grueso de las abejas, que finalmente serían trasladadas a una caja de colmenas. Algunos pelotones de abejas quedaron prendidas a las ramas de la encina, y si la reina no quedó con ellas estaban destinadas a morir…¡así es la naturaleza y así somos los humanos, aunque seamos colmeneros!
En mi anterior publicación dedicada a las viejas colmenas y colmeneros, comentaba la desaparición de los corcheros, los artesanos fabricantes de corchos para colmenas. Actualmente el colmenero se ve obligado a reutilizar y recomponer corchos por sus propios medios. De esta guisa encontré al viejo colmenero preparando “viros” para clavar los “témpanos” de dos corchos que los tenían desclavados. ¿Qué son los “viros” y los “témpanos”? Los viros son los clavos de madera utilizados para clavar y fijar los extremos de la corcha que da forma cilíndrica al corcho. Se hacen de palos de jara verde con una punta muy afilada capaz de atravesar el corcho, dejando el otro extremo más grueso para que no traspase, y, una vez clavados en la corcha recién cocida, al secarse la corcha, los viros quedan clavados para siempre. El témpano es la tapa del corcho, del cual cuelgan los panales que también se sujetan en las “trencás”, que son los tres palos entrecruzados en el interior del corcho destinados a fijar los panales.
En esta sucesión de imágenes se aprecian con detalle cada uno de estos elementos que componen los corchos de colmenas.

 

 


 

 

 

miércoles, 6 de abril de 2011

La vieja colmena y el viejo colmenero

Acaba el invierno, florece la primavera y la vieja colmena renace despues de sobrevivir a los días fríos, nublados o lluviosos en el interior de un viejo corcho, aislada de los adversos fenómenos climatológicos. Parece increíble que este material natural, la corteza de un árbol, aísle a la colmena de la lluvia y las bajas temperaturas, con sólo haber sido sometida a un proceso de cocción, para hacerla maleable y convertirla en un habitáculo cilíndrico que será la casa de la abeja reina y de sus obreras y zánganos. Entre 30.000 y 70.000 individuos pueden llegar a componer una buena colmena, según aquellos que los han contado…
  
Podemos hablar de vieja colmena en el sentido de que su población se mantiene viva gracias a que se renueva constantemente, porque, si mueren las obreras la reina pone más huevos, y si las obreras se quedan sin reina son capaces de criar una nueva reina. De esta forma la vieja colmena puede pervivir en el tiempo, a pesar de que la reina no llegue a alcanzar los cuatro o cinco años de edad, las obreras escasamente lleguen a los tres meses, y los zánganos no superen unas pocas semanas de vida. En cambio el corcho aguanta y aguanta año tras año a la intemperie dando cobijo a la población de la colmena.
                                                      En nuestro tiempo, los corchos de colmenas van escaseando, y qué decir tiene de la escasez de corcheros, aquellos artesanos que, con la fuerza del calor y la ayuda de sus manos, eran capaces de domar la dura corteza del alcornoque hasta darlo forma cilíndrica. El último corchero de la Sierra del Hospital fue tío Jesús Montero, quien probablemente elaboró la gran mayoría de los aún utilizados por los colmeneros de Navatrasierra, y con seguridad todavía quedará en uso alguno de los elaborados por su padre o su abuelo.


Actualmente, en apicultura se utilizan las cajas fabricadas con madera y chapa galvanizada tipo Layens o Langstroht, pero el viejo colmenero continúa conservando algunos corchos de colmenas con el objetivo de sacar enjambres de las viejas colmenas que le permitan formar una nueva productora de miel. Esto se consigue empleando las técnicas más tradicionales y haciendo uso de la habilidad y la sabiduría transmitida, de generación en generación, por los antiguos colmeneros.

El proceso es simple, pero ha de hacerse meticulosamente y con sumo cuidado en la manipulación de la colmena, y guardando mucho silencio. Colocando la boca de un corcho vacio pegado a la boca del corcho que contiene las abejas, al cual se se golpea en los laterales con dos palos, el viejo colmenero consigue que las abejas se pongan en marcha caminando de un corcho a otro, y, cuando hayan pasado un buen número de abejas y la abeja reina (para lo cual tendrá que prestar mucha atención visual), ya tendrá un enjambre para formar una nueva colmena. Mientras la colmena madre se verá obligada a criar una nueva reina para sobrevivir y continuar siendo una vieja colmena.